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CUÁNDO DEBE TERMINAR EL ANALISIS


En su trabajo de 1937, análisis terminable e interminable, dice Freud que el análisis ha terminado cuando analista y paciente ya no se encuentran en la sesión de trabajo analítico. Y esto ocurrirá cuando estén aproximadamente cumplidas dos condiciones: la primera, que el paciente ya no padezca a causa de sus síntomas y haya superado sus angustias así como sus inhibiciones, y la segunda, que el analista juzgue haber hecho consciente en el enfermo tanto de lo reprimido, esclarecido tanto de lo incomprensible, eliminado tanto de la resistencia interior, que no quepa temer que se repitan los procesos patológicos en cuestión. Y si se está impedido de alcanzar esta meta por dificultades externas, mejor se hablará de un análisis imperfecto que de uno no terminado. (1)


Aunque parte del título del citado trabajo pareciera sugerir la posibilidad de que un análisis se vuelva interminable, la última frase del párrafo arriba citado evidencia que el mismo Freud estaba convencido de que el análisis debe terminar. El problema es saber cuándo ha llegado el momento de su terminación y eso es lo que trataremos de elucidar a continuación.


Según Fromm, la opinión de que el psicoanálisis es una psicoterapia prolongada que dura necesariamente varios años es errónea y a continuación establece algunas referencias temporales sobre la duración aproximada del psicoanálisis humanista. Para los pacientes que sólo necesitan orientación y consejos, Fromm propone una duración máxima de tres meses. Para los que presentan problemas reprimidos más serios, pero una estructura de personalidad sana, la duración que preconiza es de un año. En los casos en que la estructura de la personalidad está afectada, sin presentar una regresión maligna, el psicoanálisis durará aproximadamente tres años. (2)


Cuando un paciente solicita tratamiento psicoanalítico, entre las primeras preguntas que le hace el analista están: el motivo de la consulta, y los objetivos que el paciente persigue con el tratamiento. Sin embargo, los objetivos iniciales pueden variar y es legítimo que así sea a medida que el analizado va comprendiendo mejor en qué consisten verdaderamente sus dificultades y cuál es la ayuda que el análisis puede realmente ofrecer. Aunque esto es válido, el analista debería tener presente los objetivos iniciales del paciente y recordárselos cuando el analizado quiera dejarlos de lado, por un cierto optimismo o por motivos transferenciales. (3) Esta misma opinión es compartida por el análisis frommiano. Aniceto Aramoni (1979) sostiene que la terminación del análisis depende de las metas fijadas inicialmente y que, al alcanzarlas se llegará a ella.


Lo anterior es aplicable aun cuando pensemos que el psicoanálisis no debe sujetarse al modo médico de cura o tratamiento. Podemos sostener que el psicoanálisis se propone el crecimiento mental, un cambio de carácter o la expansión de la personalidad sin por ello alterar los objetivos del proceso, que habrá de cesar cuando el analizado se haya aproximado suficientemente a esas metas, logrando los instrumentos necesarios para proseguir por sí mismo.


Esto nos lleva a establecer las diferencias entre el análisis como procedimiento que busca alcanzar determinados objetivos y el análisis como un programa de desarrollo personal que dura toda la vida, y es de hecho interminable. Sin embargo, en tanto proceso, el psicoanálisis debe tener por definición un término dice Etchegoyen, porque cuando lo iniciamos fijamos por contrato un objetivo y jamás decimos que iniciamos ahora una tarea de aquí a la eternidad. Si esta discusión se ha hecho interminable, es entre otras cosas, dice Etchegoyen, porque no se deslinda el proceso analítico que emprenden analizado y analista con el autoanálisis que, en tanto herramienta personal, se aplicará toda la vida. Se termina el estudio en la Universidad o en el Instituto de Psicoanálisis; el aprendizaje sigue después para siempre. (4)


Este mismo criterio es avalado por el psicoanálisis frommiano. Fromm afirma también que la terminación del análisis radical, aun cuando dependa de las metas que el paciente se haya fijado, se basa principalmente en la adquisición de la capacidad de analizarse, sin la ayuda del analista, es decir, de autoanalizarse de forma cotidiana. Dicha capacidad para el autoanálisis se relaciona con el logro de una actitud o de un estado de ánimo que implica una inclinación a ser sensible a los procesos internos. Otro criterio del análisis frommiano, similar al anterior se basa en la percepción de cambios y de una liberación suficiente para proseguir por propio esfuerzo. (5)


Ahora bien, surge entonces la pregunta sobre cuáles van a ser nuestros criterios de curación. Siguiendo a Etchegoyen, los criterios de curación van a ser diferentes según sean los soportes teóricos con que el analista trate de abordarlos.


El psicoanálisis ortodoxo por ejemplo dice que en el análisis del carácter uno no se propondrá como meta limitar todas las peculiaridades humanas a favor de una normalidad esquemática, ni demandará que los “analizados a fondo” no registren pasiones ni puedan desarrollar conflictos internos de ninguna índole. El análisis debe crear las condiciones psicológicas más favorables para las funciones del yo; con ello quedaría tramitada su tarea. Por otra parte, el análisis agrega Freud, se inició con ciertos objetivos y debe terminar cuando se los alcanza. (6)


El enfoque frommiano no es distinto, sostiene que el análisis termina cuando el paciente ha madurado adecuadamente, se siente seguro de sí mismo, se ha curado de sus síntomas; cuando el paciente se siente más libre, más independiente, fuerte, potente, dueño de sí mismo y de sus decisiones.


En opinión de Aramoni, citado por Krassoievitch, casi la mayor parte de los análisis terminan por decisión del analizado, y hay razones para que así sea: es él quien ha pedido ayuda y quien ha buscado y elegido al analista. No es frecuente que éste sea quien decida la finalización de la terapia. Pero, advierte Aramoni, el analista puede terminarla desde muy pronto; sin darse cuenta de lo que ocurre, si se dejó de interesar en la persona que tiene enfrente por aburrimiento, cansancio, agresión o suspicacia. En cuanto el analista deja de interesarse por aquel que sufre y busca ayuda, ésta se hace imposible. Y añade algo que considero valioso y todo psicoanalista humanista debería tener siempre presente que en general puede decirse que nunca es bastante el tiempo concedido por uno u otro, por ambos, ya que se trata de una forma de vivir, de un camino, de una obra de toda la existencia, lo que implica una responsabilidad de cada individuo para toda la vida. (7)


Ahora bien, surge otra pregunta ¿De qué depende la terminación de un análisis que coincida con la superación exitosa de la enfermedad? Freud opina que las afecciones debidas a hechos traumáticos son más susceptibles de ser superadas que las que son de origen constitucional ya que en las primeras el yo del paciente no está muy alterado. Sin embargo la experiencia ha demostrado que la mayoría de las perturbaciones son producto de una acción conjugada de ambos factores, el constitucional y el traumático. No hay duda, dice Freud, de que la etiología traumática ofrece al análisis, con mucho la oportunidad más favorable. Sólo en el caso con predominio traumático conseguirá el análisis aquello de que es capaz: merced al fortalecimiento del yo, sustituir la decisión deficiente que viene de la edad temprana por una tramitación correcta. Sólo en un caso así se puede hablar de un análisis terminado definitivamente. (8)


Por tanto, en vez de indagar cómo se produce la curación por el análisis, el planteo del problema debería referirse a los impedimentos que obstaculizan la curación analítica.


En su práctica clínica Freud encontró que existe de parte del paciente una negativa a poner al descubierto las resistencias, y los mecanismos de defensa son resistencias no sólo contra el hacer conscientes los contenidos del ello, sino también contra el análisis en general y, por ende, contra la curación. Otros factores desfavorables para el efecto del análisis y capaces de prolongar su duración hasta lo interminable, son la intensidad constitucional de las pulsiones y la alteración perjudicial del yo, adquirida en la lucha defensiva, en el sentido de un desquicio y una limitación, sostiene Freud en su trabajo Análisis terminable e interminable.


Por otra parte, en otro interesante trabajo de 1924, El problema económico del masoquismo Freud sostiene que en el tratamiento analítico nos topamos con pacientes cuyo comportamiento frente a los efectos de la cura nos fuerza a atribuirles un sentimiento de culpa “inconciente” que da como resultado la “reacción terapéutica negativa”. La intensidad de dichos sentimientos comporta una de las resistencias más graves y el mayor peligro para el éxito terapéutico, y probablemente la satisfacción de este sentimiento inconsciente de culpa es el mayor contribuyente a la ganancia de la enfermedad. De tal modo que el paciente no quiere renunciar a su condición de enfermo; el padecer que la neurosis conlleva es justamente lo que la vuelve valiosa para la tendencia masoquista. (9)


Cabe mencionar que esta “necesidad de castigo” comporta para el analista una de las resistencias más difíciles con las que tiene que lidiar, pues el afán masoquista del yo tiende a permanecer en general oculto para la propia persona, por lo que constituye un enorme desafío para el analista ponerlo al descubierto frente al paciente a través de su conducta.


Krassoievitch alerta al analista que a veces sucede que el paciente experimenta mejoría sin que ésta se acompañe de cambios significativos. Puede ser sintomática y, al expresarla, el analizado plantea al mismo tiempo la terminación del análisis. Por lo que considera indispensable recordar que Fromm ya había señalado que la mejoría y la consiguiente intención de terminar el análisis puede ser una forma de resistencia, así como lo puede ser la agravación del estado del paciente. De esta forma, la intención de abandonar el tratamiento o la interrupción del mismo porque ya no se producen cambios, no significa necesariamente que se haya perdido la esperanza de que se den otros cambios. Ocurre a veces, continúa Krassoievitch, sin que se conozca el motivo, que los logros que no se han alcanzado en determinado tiempo se dan al prolongar el análisis. El analista nunca debería llegar a la conclusión de que ya hizo todo lo que tenía a su alcance, porque al hacerlo mostraría que ha “congelado” la situación analítica a fuerza de repetir lo que ya sabía y de evitar la búsqueda de elementos nuevos. Una cualidad fundamental del analista es, en este sentido, la capacidad de olvidar todo lo que sabe del paciente para verlo como si nunca lo hubiera conocido, concluye Krassoievitch. (10)


De lo anterior se desprende que no sólo la constitución yóica del paciente y sus resistencias, sino también la peculiaridad del analista demanda su lugar entre los factores que influyen sobre las perspectivas de la cura analítica y dificultan ésta tal como lo hacen las resistencias.


De ahí que en opinión de Freud es indiscutible que los psicoanalistas recién formados no han alcanzado por entero en su propia personalidad la medida de normalidad psíquica en que pretenden educar a sus pacientes. Por otra parte, es cierto que el analista, a consecuencia de las particulares condiciones del trabajo analítico, será efectivamente estorbado por sus propios defectos para asir de manera correcta las constelaciones del paciente y reaccionar ante ellas con arreglo a fines.


En una conferencia que tuvo lugar en 1927 sobre el problema de la terminación de los análisis Sandor Ferenczi sostuvo que “el análisis no es un proceso sin término, sino que puede ser llevado a un cierre natural si el analista tiene la pericia y paciencia debidas”.


Por tanto, tiene su buen sentido que al analista se le exija, como parte de su prueba de aptitud, una medida más alta de normalidad y de corrección anímicas. De él se requiere que pueda servir al paciente como modelo en ciertas situaciones analíticas, y como maestro en otras.


Freud se expresa pesimista al mencionar que analizar sería la tercera de aquellas profesiones “imposibles” en que se puede dar anticipadamente por cierta la insuficiencia del resultado (las otras dos son educar y gobernar).


Uno de los peligros que Freud vislumbró radica en el hecho de que a fuerza de ocuparse constantemente de todo lo reprimido que en el alma humana pugna por libertarse pudiera despertar también en el analista todas aquellas exigencias pulsionales que normalmente él sería capaz de mantener sofocadas. Por lo que Freud recomienda que todo analista debería hacerse analizar periódicamente quizá cada cinco años. Con lo cual el análisis del analista se convertiría de una tarea terminable a una interminable.


Sin embargo, a casi tres cuartos de siglo que estas ideas fueron expresadas, la práctica psicoanalítica ha evolucionado. Específicamente me refiero al psicoanálisis humanista y a una propuesta en ciernes que, en mi opinión favorecerá considerablemente el desarrollo psíquico y emocional del analista una vez concluida su formación. Se trata del autoanálisis basado en la práctica de la meditación y de la atención que el mismo Dr. Fromm practicaba y a la cual dedicaba las primeras horas del día: “Y bien, personalmente, sólo puedo decir que yo me analizo todas las mañanas, combinándolo con ejercicios de concentración y meditación, durante una hora y media, y no sabría vivir sin hacerlo. Y creo que es una de las cosas más importantes que hago”. (11)


Esperemos que esta propuesta sea tomada en cuenta para beneficio de nosotros los analistas y el de nuestros propios pacientes.


BIBLIOGRAFIA


1. Freud, S. Análisis terminable e interminable (1923). AE p. 222.


2. Krassoievitch, M., La técnica en el método psicoanalítico de Fromm (2006). Cuadernos Demac, p. 93


3. Etchegoyen R. H. Los fundamentos de la técnica psicoanalítica (2005). AE p.667


4. Ibid. P. 667


5. Krassoievitch, M., op. Cit. p. 94


6. Freud, S. op. Cit. P. 251


7. Krassoievitch, M., op. Cit. p. 96


8. Freud, S. op. Cit. P. 223


9. Freud, S. El problema económico del masoquismo (1924). AE p. 172


10. Krassoievitch, M., op. Cit. p. 95


11. Fromm, E. El arte de escuchar (1991). Paidós, p. 196


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